Más Información
oaxaca@eluniversal.com.mx

La mujer explica que para conseguir la tintura es necesario contar con una penca de nopal invadida de diminutos insectos ocultos en sacos blancos. Durante 90 días, la plaga se propaga hasta que el nopal está infestado. Después de ese tiempo los insectos se desprenden con cuidado para posteriormente exponerlos al sol y se deshidraten.
Una vez sacrificada, la cochinilla adquiere un color plateado o negro, parecido a un grano de café o a una pequeña roca. Para obtener el pigmento, los insectos se trituran hasta convertirse en un polvo de color púrpura. Luego de este proceso, por cada penca de nopal se obtendrán dos gramos del tinte de raíces prehispánicas.

Cada tres meses, lo que dura un periodo biológico, Catalina produce hasta 20 kilos de grana cochinilla y de éstos alrededor de 12 kilos los exporta a Estados Unidos a un precio promedio de 3 mil 500 pesos por kilo. Al año, Catalina produce hasta cuatro cultivos del insecto y 80 kilos ya molido; el valor del pigmento se justifica, pues de él pueden obtenerse hasta 80 tonalidades de rojo, si se combina con sustancias como el limón.
El rojo más intenso lo produce el insecto hembra, explica la productora quien junto con su hija, Claudia Juárez, ha utilizado el tinte para la elaboración de jabones, champú, gel y otros productos.

Catalina no sólo impulsa el uso del insecto como pigmento una vez muerto, su interés principal es preservarlo vivo. Para lograrlo, desde hace 51 años utiliza la música para recrear un ambiente adecuado para que las crías de la grana sobrevivan los tres meses que dura su proceso biológico. No es una tarea fácil.
Catalina explica que el cultivo de la grana requiere de esmero y paciencia, como si se cuidara a un enfermo. “Como si fuera una persona enferma que no puede valerse por sí misma, que está parapléjica, que no puede mover ni los pies ni las manos y que le tenga uno que dar en la boca, así hay que estar cuidando a la grana”, dice.
La precaución extrema es necesaria porque durante los 90 días que dura el desarrollo del insecto, por cada hembra sólo llegan a sobrevivir 50 crías, cada una de un tamaño menor a un milímetro. Y así, viva, es exportada a otros estados de la República y a países como Panamá y Ecuador.
En este espacio se puede comprender el cultivo de la grana desde la preparación del nopal, hasta su retiro de las pencas y la molida tradicional en metate para finalmente crear el pigmento.
Claudia, la hija de Catalina, cuenta que este santuario de la grana es además un centro ecológico, donde las nuevas generaciones pueden conocer la reserva nopalera, el invernadero, el área para moler y un mural, donde se explica el proceso de producción. Y para introducir a los niños se les imparten talleres, donde aprenden a cultivar el zancudo y colorear textiles con grana. Todo esto sin recibir un solo peso de recursos públicos en los 18 años de vida que tiene el lugar.

Para Claudia, quien se dedica a esta actividad desde hace 17 años, la producción del insecto es un proyecto de desarrollo sostenible y que, mientras impulsa la recuperación de suelos, es también una forma de sustento para las familias que la conservan.
El ejemplo, explica, es Catalina, su madre, quien ha dedicado más de cinco décadas a la producción de la grana y con los recursos obtenidos mantuvo a sus dos hijos. Ahora ellos también viven de este insecto, pues son profesionistas que han obtenido becas por su preservación.
Claudia está tan convencida de la viabilidad de esta forma de vida que junto con su madre, desde 2004, enseña el proceso de producción de la grana a grupos de mujeres de distintas comunidades del estado, a quienes capacitan con talleres empresariales y de equidad de género para que diseñen proyectos de autoempleo a partir de productos del nopal y grana.
Ponerle música a los cultivos del insecto, por supuesto, también se incluye en las clases.
